viernes, mayo 07, 2010

Confieso que me he rateado (y no había facebook)

Convocar una rateada por facebook, en los tiempos que corren, no suena extraño, ni extravagante. Suena normal. Por un lado, las rateadas existen desde que tengo memoria. Recuerdo aquellas en las que participé (mis roles como adulto no impiden que recuerde el alumno que fui). También recuerdo cómo se producía la “convocatoria” o “aviso”, de voz a voz, uno a uno. Algo acorde con la tecnología de aquella época, comunicar vía analógica, cuerpo a cuerpo. Y acotado, frente a la tecnología digital de nuestro tiempo, con sus celulares, la vida en facebook, en fin... empujando todo lo que sucede en la “vida real” o analógica a los espacios virtuales, a través de los cuales se complementa y amplifica. Reconociendo que nos hallamos ante un cambio de tecnología comunicacional no puede sorprendernos (podría convocarse una rateada vía SMS, en el mismo momento, sin aviso, una flash mob, como les llaman a las convocatorias instantáneas). En todo caso, la preocupación, desde la perspectiva de la herramienta de comunicación, provista por las nuevas tecnologías, no puede ir más allá de la descubrir la inédita dimensión de la experiencia, es decir, el alcance que la convocatoria adquiere, pero no dice mucho acerca de su sustancia.

Entonces, ¿dónde reside el motivo de la preocupación adulta, si excluimos la amplificación marketinera de los medios de prensa?

A mi juicio, en la nuevas formas de relación que se estan gestando entre las generaciones.
La mayor intensidad y multiplicidad de los vínculos de pares y la pérdida de peso específico de parte de los adultos en la escena, sea ejerciendo un rol u otro (padre/madre, docente, el rol que fuera). Y aquí aclaro que no promuevo los viejos modos de ejercer los roles adultos, sino modos democráticos que no renuncien a: proteger, proveer, proyectar y transmitir. Ni jurásicos, ni libérrimos.

Por esta vía de análisis, lo primero que llama la atención es que, antes, la rateada era clandestina. Oculta a los adultos –parte de la idea y de las consecuencias- y, ahora, en cambio, se hace frente a ellos, pero cuidado, no “contra ellos”, sino, a su vera, de costado. Es decir, no hay de qué ni de quién ocultarse. En dos sentidos, el primero, ha cambiado, en las nuevas generaciones, la percepción de lo público y lo privado; el segundo, no tiene sentido ocultar estas cosas a los adultos.

Porque, si bien para algunos, puede tratarse de un acto de rebeldía, ratearse hoy, es algo que se hace sabiendo que, de algún modo, esta en sintonía con una parte importante de la cultura en la que se vive. Sería transgresora (como lo era ayer) si pusiera algo en riesgo, pero no es así, en todo caso, puede decirse que es “novedosa”, por los medios que utiliza, pero no mucho más.

Por otra parte, si hay una cuestión clave para reflexionar por los adultos, en mi opinión, es que si bien todos hablamos de la importancia de la escuela y acordamos en la necesidad de tener garantizado un mínimo de días de clase por año, luego, en muchísimos casos, diversos actores generan toda clase de iniciativas (y despliegue de argumentos) que, cuando menos, tensionan esa definición. No hace falta exponer el listado, sólo aclarar, que esta actitud no es patrimonio de una instancia en particular, sino algo bastante generalizado, y constatar, con nuestros hijos, la cantidad de horas perdidas de clase. Incluyendo los días que les autorizamos a faltar por razones multivariadas, desde las más legítimas hasta las más discutibles (un cumpleaños, un fin de semana ampliado, un “premio”, pocas ganas, en fin).

Entonces, ¿qué mensaje reciben las chicas y los chicos? ¿es tan importante perder un día de clase? Les decimos que sí, pero en buena medida, procedemos como si no. Me temo que los adultos (no todos desde luego, pero los suficientes como para constituir una masa crítica de proporciones) decimos una cosa pero, muchas veces, actuamos en dirección opuesta, o varios grados alejados, de nuestras palabras.

En definitiva, entiendo que hay pendiente una reflexión colectiva (asentada en hechos) acerca de qué valor le damos a las cosas cómo sociedad (incluido el concepto de “responsabilidad”), y en todos los órdenes. Luego, dime qué adultos somos, y te diré qué adolescentes tenemos. Porque, una cosa es cierta, ninguna deliberación sobre las nuevas generaciones puede ser hecha con honestidad, si no incluye a las generaciones ya instaladas, quienes, en definitiva, generan las condiciones en que aquellas vienen a desenvolverse, entre rupturas y continuidades.


Actualización: "Facebook y las 'rateadas' masivas", una columna de Juan Carlos Tedesco, ex ministro, que discurre muy -pero muy- por los mismos andariveles. En Página 12; 25-05-10.


La noticia en los medios:
Rateada menduca: ahora quieren castigar por el "uso indebido" de Facebook. MDZ; 05-05-10.
Tras la "rateada" de Mendoza, lanzan en Facebook un calendario nacional de faltazos. La Nación; 04-05-10.
"Rateadas" por Facebook. 07-05-10.
La "rateada" nacional se exportó a Uruguay. 08-05-10.
Otra rateada masiva organizada en Facebook. Clarín; 08-05-10.
Sincola: Manual del buen victoriano, de Cassiafantasmas a Cassiaratones. MDZ; 07-05-10. (Referencias a muchas notas relacionadas).
Por Facebook a la gran rateada nacional. Página 12; 07-05-10.
Alumnos santiagueños se plegaron a la “cuqueada” propuesta para el viernes 14. El liberal; 07-05-10.



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