miércoles, agosto 06, 2014

II Seminario de la Campaña Latinoamericana por el Derecho a la Educación

En el Instituto Internacional de Derechos Humanos.

¿Cuáles son los principales desafíos para la realización de una educación secundaria garante de derechos en América Latina y el Caribe? Se propone construir reflexiones y propuestas a partir de esta pregunta. Con participación de estudiantes, docentes, autoridades públicas, investigadoras/es y representantes de organizaciones que defienden el derecho a la educación.

El encuentro, es una iniciativa de la Campaña Latinoamericana por el Derecho a la Educación (CLADE) y UNICEF en alianza con el IIPE Unesco Buenos Aires, OREALC/UNESCO Santiago y la CEPAL. La Agenda Ciudadana por la Educación, Unicef Costa Rica y el Instituto Interamericano de Derechos Humanos son los anfitriones nacionales.

Las discusiones rondaron temáticas como la relación entre educación, democracia y derechos; participación juvenil en la política educativa; proyecto político pedagógico y demandas estudiantiles y la trayectoria de los y las estudiantes en la secundaria y sus transiciones al trabajo y a la educación superior.

En medio del seminario, tuvimos la extraordinaria noticia del encuentro del nieto 114, por las Abuelas de Plaza de Mayo, nieto de Estela Carlotto, gran luchadora social y por los derechos humanos, que concitó la alegría y el aplauso de todos los presentes. Emoción en medio del seminario.

Aquí mi presentación: "Participación juvenil hacia procesos de incidencia pública en el ámbito de la educación"


Videos del seminario: Todas las intervenciones del evento.
Más información sobre el Seminario

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sábado, junio 28, 2014

La Mutación del Tiempo y el Espacio y la Experiencia Generacional

Decíamos en "De deejays, floggers y ciberchabones": "Producto del mundo de los chips y el procesamiento a velocidad de la luz, los tiempos se redujeron al instante, y las distancias de la mano al mouse. En este sentido, la digitalización del mundo y la globalización de las comunicaciones y los mensajes, han generado una sensación de proximidad témporo-espacial que lleva el patio de la casa hasta el lugar más recóndito y al futuro como una forma del presente."(1)

La velocidad y aceleración se asocia a la instantaneidad (tiempo de espera = 0), pero también se da lugar a la asincronía (desregulación del tiempo). Pareciéramos estar en el Reino del Presente Perpetuo. En todo caso, estas circunstancias pueden verse bien reflejadas en el tiempo de duplicación del conocimiento. Según los especialistas (2), tomando el año cero de la era cristiana como línea de base, en el año 1750 se habría producido la primera duplicación, pero posteriormente los tiempos se acortan, la segunda duplicación se sitúa en 1900, la tercera en 1950, reduciéndose más y más hasta duplicarse en menos de cinco años, actualmente. En 2025, estiman que el conocimiento se duplicaría en lapso de meses.
[Hacer click sobre la imagen y observar la curva exponencial.]


Velocidad, aceleración, instante, capacidad de procesamiento, duplicación del conocimiento, todas claves que deben ser consideradas a la hora de comprender las subjetividades de época. Así es que los jóvenes están entrenados cada vez más en categorías de la experiencia (espacio, tiempo y velocidad) que no comparten con los adultos.

¿Cómo discurrir sobre la pertinencia y vigencia de los saberes, la experiencia, la transmisión, considerando el vértigo, los sistemáticos cambios y la mutación del espacio en una cinta de Moebuis sin adentro y sin afuera?

Mientras tanto, asistimos a nueva forma de organizar y construir el mundo: multilineal, en paralelo, en redes, de nodos frente a centro, periferias con jerarquías plurales y secuenciación discursiva arborescente.  

Fuentes:
1) Balardini, Sergio. De deejays, floggers y ciberchabones. En: Los jóvenes y el futuro. Procesos de inclusión social y patrones de vulnerabilidad en un mundo globalizado. Bendit, René; Hahn, Marina; Miranda, Ana. Editorial Prometeo. 2008. Buenos Aires.
2) Citado en:
a) Layering Knowledge: Information Literacy as Critical Thinking in the Literature Classroom; Shannon L. Reed, Kirilka Stavreva. 2006. Acceso: marzo 2014.
b) UNESCO Forum Occasional Paper Series. Paper No. 4. Paper produced for the UNESCO Forum Regional Scientific Committee for Latin America and the Caribbean, Paris, December 2003. Acceso: marzo 2014.
c) Cita original en “Student learning in the information age”. Patricia Senn Breivik. American Council on Education/Oryx Press, 1998.  


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sábado, agosto 27, 2011

La marcha de los niños (y niñas) en Chile

Por una educación gratuita, pública y de calidad para todos y todas.


Socializando en derechos y participación.
También se puede hallar el video en este link.

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domingo, agosto 21, 2011

La importancia de la lectura y la responsabilidad de los adultos

Un párrafo de una entrevista a Mempo Giardineli en P12, con motivo de una nueva edición, la 16º, del Foro Internacional por el Fomento del Libro y la Lectura, organizado por la Fundación Mempo Giardinelli –candidata al IBBY-Asahi Reading Promote Award 2011, el premio global más importante en la especialidad–, que compartimos:

–En una entrevista en 2005, también por el foro, dijo que el problema de la lectura no es de los chicos, sino de los adultos que no leen. ¿Sigue siendo así o tal vez ahora los adultos, los maestros, leen más y comparten con sus hijos y alumnos?

–Para saberlo con exactitud es que necesitaríamos de esas encuestas e investigaciones sistemáticas. Pero mientras tanto mi respuesta sigue siendo la misma y es ridículamente sencilla: si ya somos un país convencido de la importancia de la lectura, ahora lo que falta es que todos y todas se pongan a leer, no sólo los chicos. Y sobre todo, no encajándoles a ellos la responsabilidad. Son los maestros, los bibliotecarios y los papás y mamás los que deben leer. Y también los funcionarios, los dirigentes, los empresarios. El drama de este país es que los adultos no leen. Incluso es evidente que muchos profesionales, de diferentes disciplinas y actividades, dejaron de leer. Y se les nota. De donde es obvio que los chicos no tienen ninguna culpa ni responsabilidad si no leen. Son los grandes los que dan el ejemplo, y si el ejemplo en muchos hogares es hacer zapping como idiotas o detenerse en Tinelli, los maestros no pueden revertirlo. Y menos cuando los maestros también están cautivos de la telebasura. Por lo tanto, es el Estado el que debe garantizar el derecho a leer, y no sólo con políticas educativas, sino también con la asistencia de recursos como la ley de medios, por ejemplo.
Fuente y entrevista completa: “Somos lo que hemos leído, y también lo que nunca leímos”; 17/08/11, en P12.

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miércoles, abril 21, 2010

Deshechando lo deshechable

Entretenido texto de Marciano Durán (periodista uruguayo), equívocamente atribuido por muchos a Eduardo Galeano. Hace un tiempo circula por la red.
Interesante para reirse de uno mismo, pero también para desatar discusiones.

Y, otras externas, si bien asociables al espíritu del texto: los avatares de internet, la autoría, la apropiación y reelaboración colectiva de un texto (hay versiones modificadas del original), en fin, los tiempos modernos, precisamente.

Va la versión original tomada del blog de Marciano:

"Seguro que el destino se ha confabulado para complicarme la vida.

No consigo acomodar el cuerpo a los nuevos tiempos.

O por decirlo mejor: no consigo acomodar el cuerpo al “use y tire” ni al “compre y compre” ni al “desechable”.

Ya sé, tendría que ir a terapia o pedirle a algún siquiatra que me medicara.

Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco.

No hace tanto con mi mujer lavábamos los pañales de los gurises.

Los colgábamos en la cuerda junto a los chiripás; los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar.

Y ellos… nuestros nenes… apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda (incluyendo los pañales).

¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables!

Sí, ya sé… a nuestra generación siempre le costó tirar.

¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables!

Y así anduvimos por las calles uruguayas guardando los mocos en el bolsillo y las grasas en los repasadores. Y nuestras hermanas y novias se las arreglaban como podían con algodones para enfrentar mes a mes su fertilidad.

¡Nooo! Yo no digo que eso era mejor.

Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra.

Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto.

Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades.

¡Guardo los vasos desechables! ¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez! ¡Apilo como un viejo ridículo las bandejitas de espuma plast de los pollos! ¡Los cubiertos de plástico conviven con los de alpaca en el cajón de los cubiertos!

Es que vengo de un tiempo en que las cosas se compraban para toda la vida.

¡Es más! ¡Se compraban para la vida de los que venían después!

La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, fiambreras de tejido y hasta palanganas y escupideras de loza.

Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos cambiado de heladera tres veces.

¡Nos están jodiendo!

¡¡Yo los descubrí… lo hacen adrede!!

Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo.

Nada se repara.

¿Dónde están los zapateros arreglando las medias suelas de las Nike?

¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando sommier casa por casa?

¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista?

¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros?

Todo se tira, todo se deshecha y mientras tanto producimos más y más basura.

El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad.

El que tenga menos de 40 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el basurero!!

¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de 50 años!

Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII)

No existía el plástico ni el nylon.

La goma sólo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en San Juan.

Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o se quemaban.

De por ahí vengo yo.

Y no es que haya sido mejor.

Es que no es fácil para un pobre tipo al que educaron en el “guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo” pasarse al “compre y tire que ya se viene el modelo nuevo”.

Mi cabeza no resiste tanto.

Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que además cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real.

Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya sí era un nombre como para cambiarlo)

Me educaron para guardar todo.

¡Toooodo!

Lo que servía y lo que no.

Porque algún día las cosas podían volver a servir.

Le dábamos crédito a todo.

Sí… ya sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no.

Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas de jardinera… y no sé cómo no guardamos la primera caquita.

¡¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo?!

¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con que se consiguieron?

En casa teníamos un mueble con cuatro cajones.

El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto.

Y guardábamos.

¡¡Cómo guardábamos!!

¡¡Tooooodo lo guardábamos!!

¡Guardábamos las chapitas de los refrescos!

¡¿Cómo para qué?!

Hacíamos limpia calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares.

Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela.

¡Tooodo guardábamos!

Las cosas que usábamos: mantillas de faroles, ruleros, ondulines y agujas de primus.

Y las cosas que nunca usaríamos.

Botones que perdían a sus camisas y carreteles que se quedaban sin hilo se iban amontonando en el tercer y en el cuarto cajón.

Partes de lapiceras que algún día podíamos volver a precisar.

Cañitos de plástico sin la tinta, cañitos de tinta sin el plástico, capuchones sin la lapicera, lapiceras sin el capuchón.

Encendedores sin gas o encendedores que perdían el resorte. Resortes que perdían a su encendedor. Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se tiraran al terminar su ciclo, los uruguayos inventábamos la recarga de los encendedores descartables.

Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de paté o del corned beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave.

¡Y las pilas!

Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa.

Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más.

No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín.

Las cosas no eran desechables… eran guardables.

¡¡Los diarios!! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para poner en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para envolver. ¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al cuadril!

Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque del Banco de Seguros para hacer cuadros, y los cuentagotas de los remedios por si algún remedio no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos.

Y las cajas de cigarros Richmond se volvían cinturones y posamates, y los frasquitos de las inyecciones con tapitas de goma se amontonaban vaya a saber con qué intención, y los mazos de cartas se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía “éste es un 4 de bastos”.

Los cajones guardaban pedazos izquierdos de palillos de ropa y el ganchito de metal.

Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en un palillo.

Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos.

Así como hoy las nuevas generaciones deciden “matarlos” apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada… ni a Walt Disney.

Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron “Tómese el helado y después tire la copita”, nosotros dijimos que sí, pero… ¡minga que la íbamos a tirar! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas.

Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos.

Las primeras botellas de plástico -las de suero y las de Agua Jane- se transformaron en adornos de dudosa belleza.

Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de bollones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella.

Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos.

No lo voy a hacer.

Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad es descartable.

Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas.

Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero.

No lo voy a hacer.

No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne.

No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo y glamour.

Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares.

De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la bruja como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva.

Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo que la bruja me gane de mano … y sea yo el entregado.

Y yo…no me entrego.

Marciano Durán
2006 Enero

Nota: Referencia de la aclaración de no autoría de Galeano

Y ahora, para poner en contraste el texto, otro, de nuestra "caja de herramientas":

"Nuestra economía (...) exige que hagamos del consumo nuestro modo de vida, que convirtamos la compra y el uso de mercancías en rituales y que busquemos nuestra satisfacción espiritual, la satisfacción de nuestro ego, en el consumo (...). Necesitamos que las cosas se consuman, se quemen, se gasten, se sustituyan y se desechen a un ritmo cada vez mayor"

Víctor Lebow. Analista de ventas; EEUU, "Price competition in 1955".

¿Qué tal?

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